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IV Domingo de Cuaresma

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El modo como el hombre construyó la convivencia social, los grandes tropiezos que han sufrido todos los pueblos y generaciones, le llevó al pueblo judío a ser invadido, dominado y pasado a espada por el pueblo babilonio, a la cabeza del cual estaba Nabucodonosor. Los que quedaron vivos y eran aptos para el trabajo fueron deportados a Babilonia.

Les resultaba difícil descubrir alguna luz que diera sentido a su vida, sin sacerdotes y sin templo. Hasta Dios parecía haberles olvidado y abandonado.

En medio de este sufrimiento, cuando no sabían cómo y parecían acostumbrarse a ello, Ciro, rey de Persia, dio un indulto por medio del cual cada uno debía marchar a su pueblo de origen.

El Salmo 136 explica muy bien el ánimo que embargaba al pueblo: “Junto a los canales de Babilonia, nos sentamos a llorar con nostalgia de Sion; nuestros opresores nos invitaban allí a cantar. ¿Cómo cantar en tierra extranjera? Que se me pegue la lengua al paladar si no pongo a Jerusalén en la cumbre de mis alegrías”.

Pero no acabamos de aprender y nos siguen pasando situaciones de lejanía de Dios, aunque Él no nos abandone.

Somos y nos dejamos llevar por la solidaridad de lo fácil, de lo cómodo, de lo que no cuesta esfuerzo y nos encontramos, sin quererlo, en situaciones inesperadas que nos esclavizan y amordazan e impiden que salgamos adelante, ¡con la libertad y alegría que proporciona la dificultad solucionada, lo costoso, lo conseguido y lo que parecía imposible al alcance nuestras manos!

El engaño más importante es creernos autosuficientes y poseedores de la única verdad, que sólo Dios tiene. Esto nos obliga a abrir camino en medio de las tinieblas del mundo para descubrir, presentir y gozar que Dios está detrás, un poco más allá, pero no Dios está en lo más íntimo del alma de cada uno.

Él es la causa de nuestra libertad y de nuestra felicidad. Él es el signo de nuestra salvación. “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna”.

¿Por qué ocurre que nos perdemos, que nos desorientamos, que nos engañamos?

Pues porque no acabamos de fiarnos de Cristo. Él es la Luz que vino al mundo, pero equivocados preferimos muchas veces la tiniebla a la Luz, dejándonos llevar de las obras que no son buenas.

La Eucaristía es el sacramento de la Cruz. Ella es el símbolo del juicio salvador de Dios.

El mundo equivocado, mal organizado, secunda las obras del mal. Por eso, estas obras deben ser destruidas y así surgirá la nueva creación, un mundo de creyentes que sean capaces de aceptar la Palabra que Dios ha dicho al mundo por Jesucristo.

Este Dios no es un producto de la imaginación ni una proyección de los deseos insatisfechos del hombre sino que es Él quien toma la iniciativa en el dialogo que entabla con el hombre dando respuesta a nuestras aspiraciones más profundas.Somos obra de Dios, hechos para dedicarnos a las buenas obras, causa de nuestra salvación por Cristo.


LECTURAS DEL DÍA

Primera lectura

Lectura del segundo libro de las Crónicas 36, 14-16. 19-23

En aquellos días, todos los jefes, los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, imitando las aberraciones de los pueblos y profanando el templo del Señor, que él había consagrado en Jerusalén.
El Señor, Dios de sus padres, les enviaba mensajeros a diario porque sentía lástima de su pueblo y de su morada; pero ellos escarnecían a los mensajeros de Dios, se reían de sus palabras y se burlaban de sus profetas, hasta que la ira del Señor se encendió irremediablemente contra su pueblo.
Incendiaron el templo de Dios, derribaron la muralla de Jerusalén, incendiaron todos sus palacios y destrozaron todos los objetos valiosos. Deportó a Babilonia a todos los que habían escapado de la espada. Fueron esclavos suyos y de sus hijos hasta el advenimiento del reino persa. Así se cumplió lo que había dicho Dios por medio de Jeremías:
«Hasta que la tierra pague los sábados, descansará todos los días de la desolación, hasta cumplirse setenta años».
En el año primero de Ciro, rey de Persia, para cumplir lo que había dicho Dios por medio de Jeremías, el Señor movió a Ciro, rey de Persia, a promulgar de palabra y por escrito en todo su reino:
«Así dice Ciro, rey de Persia: El Señor, Dios del cielo, me ha entregado todos los reinos de la tierra. Él me ha encargado construirle un templo en Jerusalén de Judá. Quien de entre vosotros pertenezca a ese pueblo, puede volver. ¡Que el Señor, su Dios, esté con él!».

Salmo 136, 1-2. 3. 4. 5. 6

R. Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti.

Junto a los canales de Babilonia
nos sentamos a llorar
con nostalgia de Sión;
en los sauces de sus orillas
colgábamos nuestras cítaras. R/.

Allí los que nos deportaron
nos invitaban a cantar;
nuestros opresores, a divertirlos:
«Cantadnos un cantar de Sión». R/.

¡Cómo cantar un cántico del Señor
en tierra extranjera!
Si me olvido de ti, Jerusalén,
que se me paralice la mano derecha. R/.

Que se me pegue la lengua al paladar
si no me acuerdo de ti,
si no pongo a Jerusalén
en la cumbre de mis alegrías. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 2, 4-10

Hermanos:
Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo —estáis salvados por pura gracia—; nos ha resucitado con Cristo Jesús, nos ha sentado en el cielo con él, para revelar en los tiempos venideros la inmensa riqueza de su gracia, mediante su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. En efecto, por gracia estáis salvados, mediante la fe. Y esto no viene de vosotros: es don de Dios. Tampoco viene de las obras, para que nadie pueda presumir.
Somos, pues, obra suya. Dios nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras, que de antemano dispuso él que practicásemos.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan 3, 14-21

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:
«Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.
Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.
Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.
En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios».

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