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V Domingo del Tiempo Ordinario

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Hay que tener conciencia del valor de la propia vida. Vivir en la tierra y ser habitante del mundo significa tener abiertos los horizontes y perspectivas existenciales. Por eso es necesario conocer la dinámica y el sentido del propio vivir.

Todos tenemos nuestra misión y somos llamados para realizar alguna labor en el mundo. Los bautizados tenemos un cometido concreto viviendo en medio de todas las corrientes, de todas las tendencias, en el cruce de todos los caminos. El cristiano ha recibido el encargo de completar la obra inacabada de Jesús: sanando, perdonando, ayudando y dando vida a los demás.

En medio de nuestra sociedad tan cambiante hay que seguir conservando el sabor de las cosas buenas y auténticas sin desfigurar los hechos y potenciando la riqueza de la verdad. Para esto, no basta con conservar las tradiciones y mantener situaciones que son fruto de logros y esfuerzos de generaciones anteriores. Es necesario seguir trabajando para meternos dentro de la sociedad y descubrir sus necesidades, para, desde la fuerza de nuestra fe, darles el remedio oportuno y así construir el Reino, aunque irrite a unos, escueza a otros y le duela a algunos. La tragedia sería pasar por la vida sin pena ni gloria empobreciendo el valor de ser creyentes en el mundo.

Descubramos para esto el contenido que nos propone hoy la Palabra.

El monólogo de Job es triste y casi sin sentido, necesita abrirse al diálogo para pasar de la noche del sin sentido al diálogo de vivir en pleno día.

Hay una gran distancia del sin sentido de la vida, como un soplo, a trabajar construyendo el Reino, sentido pleno de la vida. Esta tarea evangelizadora no puede ser nunca una profesión retribuida sino una aventura que se asume a consecuencia de una llamada de Dios.

Esta tarea puede producir en el evangelizador desasosiego, pero se siente llamado y enviado y su realización y gloria está en realizarlo, sin soberbia, pero con la conciencia clara de que es Dios quien le envía a través de Jesús, que quiere que complete su obra por los mismos caminos y con las mismas actitudes.

El Reino que Jesús predicaba iba acompañado de gestos eficaces de liberación. La insistencia de los evangelios en esos gestos de Jesús, quiere decir, que esta praxis liberadora es inseparable de la evangelización. Superar el mal y realizar el bien. Dar vida es la clave de toda evangelización y a la vez es la clave de vivir la Eucaristía. Nuestro dolor y sufrimiento adquieren en ella perspectivas de nueva vida, de resurrección. La fe y la confianza en Dios, unido a nuestro trabajo en su nombre, es realmente lo que nos salva.

La gente descubrirá el sentido y la necesidad de nuestro hacer cuando vean como Jesús nos da vida y así nosotros también vamos dando vida a los demás, especialmente a tanta gente medio muerta, sin ilusión, sin esperanza, sin vida, que anda por nuestro mundo.


Lecturas del día.

Primera lectura

Lectura del libro de Job 7, 1-4. 6-7

Job habló diciendo:
«¿No es acaso milicia la vida del hombre sobre la tierra,
y sus días como los de un jornalero?;
como el esclavo, suspira por la sombra;
como el jornalero, aguarda su salario.
Mi herencia han sido meses baldíos,
me han asignado noches de fatiga.
Al acostarme pienso: “¿Cuándo me levantaré?”
Se me hace eterna la noche
y me harto de dar vueltas hasta el alba.
Corren mis días más que la lanzadera,
se van consumiendo faltos de esperanza.
Recuerda que mi vida es un soplo,
que mis ojos no verán más la dicha».

Salmo 146, 1-2. 3-4. 5-6

R. Alabad al Señor, que sana los corazones destrozados.

Alabad al Señor, que la música es buena;
nuestro Dios merece una alabanza armoniosa.
El Señor reconstruye Jerusalén,
reúne a los deportados de Israel. R/.

Él sana los corazones destrozados,
venda sus heridas.
Cuenta el número de las estrellas,
a cada una la llama por su nombre. R/.

Nuestro Señor es grande y poderoso,
su sabiduría no tiene medida.
El Señor sostiene a los humildes,
humilla hasta el polvo a los malvados. R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 9, 16-19. 22-23

Hermanos:
El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo.
No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!
Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga.
Pero, si lo hago a pesar mío, es que me han encargado este oficio.
Entonces, ¿cuál es la paga? Precisamente dar a conocer el Evangelio, anunciándolo de balde, sin usar el derecho que me da la predicación del Evangelio.
Porque, siendo libre como soy, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más posibles. Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles; me he hecho todo para todos, para ganar, sea como sea, a algunos.
Y todo lo hago por causa del Evangelio, para participar yo también de sus bienes.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Marcos 1, 29-39

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a la casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, e inmediatamente le hablaron de ella. Él se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles.
Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar.
Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron en su busca y, al encontrarlo, le dijeron:
«Todo el mundo te busca».
Él les responde:
«Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido».
Así recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.

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