PUBLICACIONES

V Domingo de Cuaresma

Icono Homilias

LA RESURECCIÓN DE LÁZARO

¿Tiene el hombre algo más importante que la vida? No.

La vida es lo más radicalmente serio que tenemos. La amamos apasionadamente, la buscamos sin pausa, como si se nos escapara.

¿Quién no desea vivir frenéticamente su vida? Por la vida, se es capaz de dar todo, hasta la propia vida.

La vida es el valor más importante que tenemos y a la vez, es nuestro problema. Siempre nos amenaza el temor a perderla. La muerte física o la destrucción de la vida, nos angustia.

Pero hay también otra muerte, que nos ronda, sin dejarnos en paz: la ausencia del sentido de la vida.

¿Para qué vivimos?

¿Merece la pena vivir la vida?

¿Somos algo más que un absurdo, una pasión inútil o un sinsentido?

A pesar de todo, queremos seguir viviendo.

De las raíces mismas del ser humano, surge un valor, que nos empuja a desear la vida, a amarla, a cuidarla y a aceptarla.

Nuestra vida es tan importante que el núcleo de la revelación cristiana es el anuncio de la salvación como vida y Vida plena, ofrecida al hombre, por Cristo, vencedor de la muerte y restaurador de la Vida para siempre.

Pero Dios no ofrece otra vida distinta de la nuestra, sino que nos garantiza la salvación de nuestra propia vida y la plenifica.

El creyente sabe que el hombre no acaba con la muerte, sino que Cristo ha convertido la muerte, en paso para la vida; nuestra vida no se estrella contra el muro de la nada y el absurdo. Esta es la clave de este domingo: confiar en que Dios recogerá en sus manos la vida del hombre y la plenificará.

Así dice Ezequiel: “Dice el Señor: Yo mismo abriré vuestros sepulcros y os haré salir”.

Y es que la presencia del Espíritu Santo en el cristiano es el que garantiza nuestra resurrección, esa resurrección que proclama Cristo y que condenado y muerto por todos, Dios lo resucitó, garantizándonos esa misma resurrección, si seguimos su camino.

El Espíritu transformó el cuerpo muerto de Cristo en un cuerpo glorioso.

El mismo Espíritu es el que transforma el pan y el vino, en el Cuerpo y Sangre del Señor y nos lo ofrece, como prenda de la resurrección que Él realizará en el hombre.

Los creyentes somos dichosos, porque sabemos por la fe, que el que cree en Jesús, si muere con Él, con Él resucitará; y el que cree en Él, no morirá para siempre.

Planteémonos con Marta y respondamos sinceramente al interrogante que nos hace Jesús:

                  ¿Crees esto? 

No tenemos otra respuesta que decir: 

                  Aumentamos la fe, Señor: 

Para que seamos cada día más creyentes, mejores creyentes y verdaderos creyentes, de forma que vivamos de tal manera y transformemos nuestro mundo en el Reino de Dios, y así merezcamos la plenitud de nuestra vida y el Reino en la casa del Padre.

“YO SOY LA RESURECCIÓN Y LA VIDA”. 

Levántate, sal afuera.

Oigamos este grito, que el Señor dirige a cada uno de nosotros, para con Él morir y con el poder resucitar.


LECTURAS DEL DÍA

Primera lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel (37,12-14):

Así dice el Señor: «Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel. Y, cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor. Os infundiré mi espíritu, y viviréis; os colocaré en vuestra tierra y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago.» Oráculo del Señor.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 129,1-2.3-4ab.4c-6.7-8

R/.
Del Señor viene la misericordia, 
la redención copiosa

Desde lo hondo a ti grito, Señor; 
Señor, escucha mi voz, 
estén tus oídos atentos 
a la voz de mi súplica. R/.

Si llevas cuentas de los delitos, Señor, 
¿quién podrá resistir? 
Pero de ti procede el perdón, 
y así infundes respeto. R/.

Mi alma espera en el Señor, 
espera en su palabra; 
mi alma aguarda al Señor, 
más que el centinela la aurora. 
Aguarde Israel al Señor, 
como el centinela la aurora. R/.

Porque del Señor viene la misericordia, 
la redención copiosa; 
y él redimirá a Israel 
de todos sus delitos. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (8,8-11):

Los que viven sujetos a la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Pues bien, si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justificación obtenida. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.

Palabra de Dios

Evangelio del domingo

Lectura del santo evangelio según san Juan (11,3-7.17.20-27.33b-45):

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron recado a Jesús, diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo.»
Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba.
Sólo entonces dice a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea.»
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. 
Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.»
Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.»
Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.»
Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?»
Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.»
Jesús sollozó y, muy conmovido, preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?»
Le contestaron: «Señor, ven a verlo.»
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!»
Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?»
Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa.
Dice Jesús: «Quitad la losa.»
Marta, la hermana del muerto, le dice: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.»
Jesús le dice: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.»
Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, ven afuera.»
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. 
Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar.»
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

Palabra del Señor

Comparte en Redes Sociales

Share on facebook
Share on linkedin
Share on twitter
Share on email