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Tercer Domingo de Adviento

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La irrupción del Bautista supone la llegada de un Profeta, el Profeta que prepara el camino del Señor. Será ese Profeta el que ponga en cuestión la vida de las gentes, denunciando su pecado y anunciando un porvenir de esperanza.

Hoy también hay precursores profetas y pioneros que abren nuevos caminos a la humanidad y así preparan el camino al Señor que viene con un camino para salvarnos.

Cada generación, cada etapa histórica, igual que cada existencia personal, puede ser el anuncio preparador del camino al Señor que llega para inaugurar el Reino.

El hombre que hoy lucha por romper nuevos accesos al futuro, ese es precursor, Bautista de su tiempo.

Merece la pena ser precursor, preparar el camino al Señor ya que la presencia del Mesías tendrá signos que le acompañarán y será la alegría del mundo viejo que tanto sufre, empezando a ser nuevo mundo, Reino de Dios.

Así lo dice Isaías: Los pobres, los afligidos, los cautivos reciben una buena noticia: ¡viene el mensajero, está entre nosotros, anunciando la fuerza de Dios! El mensaje que nos hace llegar es la liberación y la salvación que desde el principio, Dios nos había prometido.

Frente a los agoreros del castigo y frente a los predicadores de la resignación, el Precursor proclama la justicia de Dios, el mundo nuevo que hará real, el Mesías, el Señor, no es él la luz sino el testigo de la luz. No es la Palabra, sino la voz que anuncia que llega la Palabra.

Nosotros no somos la luz sino el reflejo de la Luz, que es Cristo. Y no somos la palabra sino la voz que anuncia esa Palabra, que es Cristo.

Por eso, si caemos en la tentación de predicarnos a nosotros mismos o de creernos la Luz nos convertimos en opacos y en palabrerías de sinsentidos. Es necesario ser buenos transmisores y reflectar con autenticidad la Luz y la Palabra. Fundamental para ello es tener una conciencia clara y firme de quienes somos, sin confusión y una escucha y relación con la Luz y la Palabra para prepararle el camino adecuado, de forma que cuando esté presente entre nosotros pueda sin dificultades llevar a término el Proyecto liberador del Padre.

Es preciso saber descubrir en la vida los verdaderos precursores que preparan el camino al Señor que viene, pero debemos todos convertirnos en precursores del Señor si queremos que sea Navidad en nuestro mundo.

Preparar el camino al Señor es clave. Para ello es necesario:

  • Ser transparentes.
  • Ser voz fiel para transmitir la Palabra.
  • No predicarnos a nosotros mismos.

Nosotros bautizamos con agua pero hay uno a quien no somos dignos de desatar la correa de su sandalia, que existe antes de nosotros y que viene para bautizarnos con fuego, que elimina  lo malo y nos trae el Espíritu que hace todo nuevo.

Lecturas del día

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías 61, 1-2a. 10-11

El Espíritu del Señor, Dios, está sobre mí,
porque el Señor me ha ungido.
Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres,
para curar los corazones desgarrados,
proclamar la amnistía a los cautivos,
y a los prisioneros la libertad;
para proclamar un año de gracia del Señor.
Desbordo de gozo en el Señor,
y me alegro con mi Dios:
porque me ha puesto un traje de salvación,
y me ha envuelto con un manto de justicia,
como novio que se pone la corona,
o novia que se adorna con sus joyas.
Como el suelo echa sus brotes,
como un jardín hace brotar sus semillas,
así el Señor hará brotar la justicia
y los himnos ante todos los pueblos.

Salmo Lc 1, 46-48. 49-50. 53-54

R. Me alegro con mi Dios.

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humildad de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones. R/.

Porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación. R/.

A los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia. R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 5, 16-24

Hermanos:
Estad siempre alegres. Sed constantes en orar. Dad gracias en toda ocasión: esta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros.
No apaguéis el espíritu, no despreciéis las profecías. Examinadlo todo; quedaos con lo bueno.
Guardaos de toda clase de mal. Que el mismo Dios de la paz os santifique totalmente, y que todo vuestro espíritu, alma y cuerpo, se mantenga sin reproche hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo.
El que os llama es fiel, y él lo realizará.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 6-8. 19-28

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.
No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz. Y este es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a que le preguntaran:
«¿Tú quién eres?».
El confesó y no negó; confesó:
«Yo no soy el Mesías».
Le preguntaron:
«¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?».
Él dijo:
«No lo soy».
«¿Eres tú el Profeta?».
Respondió:
«No».
Y le dijeron:
«¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?».
Él contestó:
«Yo soy la voz que grita en el desierto: “Allanad el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías».
Entre los enviados había fariseos y le preguntaron:
«Entonces, ¿por qué bautizas si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?».
Juan les respondió:
«Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia».
Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde Juan estaba bautizando.

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