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Segundo Domingo de Adviento

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El Adviento es tiempo de conversión, tiempo de preparar los caminos y enderezar las sendas para que se acerque a nosotros el Reino de Dios.

El primer paso de la conversión es el sentirse juzgado y denunciado por Dios. Lo que puede haber de decisión personal para cambiar está movido por la acción previa de la iniciativa de Dios.

Cuando uno ha recibido el juicio de Dios, que te denuncia la situación de la vida errada por donde andas, entonces se recibe el Espíritu pacificador de tu interior que te capacita para proponerte el cambio y la plena conversión. El juicio de Dios que nos lleva a la conversión es el inicio de nuestra justificación.

Pero Dios no nos justifica moviéndonos a realizar actos meramente externos, rituales, sino a dar buenos frutos, es decir, nos impulsa a la multiplicación de nuestros talentos, a las acciones buenas que enriquecen a los otros, a la vez que situamos nuestra vida en la justicia y paz cristiana.

Somos justificados si aceptamos el impulso de Dios a vivir en el amor. La conversión es un cambio radical de mentalidad y de actitudes profundas que luego se van manifestando en acciones nuevas que nos hacen hombres nuevos, constructores también de un mundo nuevo, que es la pretensión de Dios.

El Reino de Dios está cada vez más cerca. Nadie puede detenerlo, aunque sí retardarlo si nuestras obras no se adecuan al proyecto del Evangelio. El juicio pende sobre nuestras cabezas como el hacha sobre la raíz del árbol que va a ser cortado.

De cada uno depende el que ese juicio dé paso a una conversión o a un endurecimiento de nuestros corazones.

Concretando:

El profeta Isaías anuncia a los desterrados la noticia de su próxima liberación.

¡Consolad a mi pueblo! Está pagado el pecado.

Gritad ¡en el desierto preparad un camino al Señor!

¡Que los valles se levanten!

¡Que los montes se abajen!

¡Que lo torcido se enderece!

Y ¡lo escabroso se iguale!

Como vemos, Dios toma la iniciativa, envía a su emisario porque su proyecto deja al hombre para que, en su libertad, le prepare el camino, es decir, se convierta y vuelva al proyecto del Padre.

Eso sí, hay que tener paciencia. Los caminos de Dios no son nuestros caminos y los tiempos de Dios no coinciden con los nuestros, pero siempre cumple su promesa. Nuestra actitud mientras llega es vigilar y confiar.

Hoy la iglesia se convierte en pregonera de Dios a través de sus ministros para gritar al pueblo:

¡Preparad el camino al Señor!

Y este camino se llama “Conversión”, cambio de mente, de corazón, de vida. Volver al proyecto de Dios, a un mundo nuevo, con justicia, paz y amor.

El Espíritu Santo es el artífice de la nueva situación.

Abrámonos a Él y dejémonos guiar por su inspiración, con sobriedad, sencillez y humildad, para así poder enriquecer a los demás.Compartir los sufrimientos del momento, es el primer paso para que Dios esté en medio de su pueblo.

Lecturas del día

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías 40, 1-5. 9-11

«Consolad, consolad a mi pueblo
—dice vuestro Dios—;
hablad al corazón de Jerusalén,
gritadle,
que se ha cumplido su servicio
y está pagado su crimen,
pues de la mano del Señor
ha recibido doble paga por sus pecados».
Una voz grita:
«En el desierto preparadle
un camino al Señor;
allanad en la estepa
una calzada para nuestro Dios;
que los valles se levanten,
que montes y colinas se abajen,
que lo torcido se enderece
y lo escabroso se iguale.
Se revelará la gloria del Señor,
y la verán todos juntos
—ha hablado la boca del Señor—».
Súbete a un monte elevado,
heraldo de Sion;
alza fuerte la voz,
heraldo de Jerusalén;
álzala, no temas,
di a las ciudades de Judá:
«Aquí está vuestro Dios.
Mirad, el Señor Dios llega con poder
y con su brazo manda.
Mirad, viene con él su salario
y su recompensa lo precede.
Como un pastor que apacienta el rebaño,
reúne con su brazo los corderos
y los lleva sobre el pecho;
cuida él mismo a las ovejas que crían».

Salmo 84, 9ab 10. 11-12. 13-14

R/. Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación

Voy a escuchar lo que dice el Señor:
«Dios anuncia la paz
a su pueblo y a sus amigos».
La salvación está cerca de los que le temen,
y la gloria habitará en nuestra tierra. R/.

La misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;
la fidelidad brota de la tierra,
y la justicia mira desde el cielo. R/.

El Señor nos dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él,
y sus pasos señalarán el camino. R/.

Segunda lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pedro 3, 8-14

No olvidéis una cosa, queridos míos, que para el Señor un día es como mil años y mil años como un día.
El Señor no retrasa su promesa, como piensan algunos, sino que tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie se pierda sino que todos accedan a la conversión.
Pero el Día del Señor llegará como un ladrón. Entonces los cielos desaparecerán estrepitosamente, los elementos se disolverán abrasados y la tierra con cuantas obras hay en ella quedará al descubierto.
Puesto que todas estas cosas van a disolverse de este modo, ¡qué santa y piadosa debe ser vuestra conducta, mientras esperáis y apresuráis la llegada del Día de Dios!
Ese día los cielos se disolverán incendiados y los elementos se derretirán abrasados.
Pero nosotros, según su promesa, esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia.
Por eso, queridos míos, mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz con él, intachables e irreprochables.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Marcos 1, 1-8

Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.
Como está escrito en el profeta Isaías:
«Yo envío a mi mensajero delante de ti,
el cual preparará tu camino;
voz del que grita en el desierto:
“Preparad el camino del Señor,
enderezad sus senderos”».
Se presentó Juan en el desierto bautizando y predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Acudía a él toda la región de Judea y toda la gente de Jerusalén. Él los bautizaba en el río Jordán y confesaban sus pecados.
Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba:
«Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo y no merezco agacharme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo».

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