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II Domingo del Tiempo Ordinario

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El hombre religioso comprometido con un quehacer en el mundo debe estar atento a todas las realidades que le rodean, con un sentido comunitario de trabajo liberador.

Por eso, ser cristiano es vivir el amor, mandamiento nuevo y el amor es trabajar para remediar las necesidades de los otros y vivir así la fraternidad universal, respetando al otro, como quiero yo ser respetado.

Debemos estar abiertos y sensibilizados a los problemas de quienes nos rodean, tanto los problemas del cuidado espiritual como los materiales;  comprometidos en quitar cualquier forma de pecado en el mundo que hace sufrir a otros;  atentos para responder a toda llamada que nos hace Dios, muchas veces por la mediación de las necesidades del otro.

Eso es ser profeta de Dios en favor del pueblo o, lo que es lo mismo, sentir la fuerza de Dios como palabra que debo comunicar o acción que debo realizar, siempre en bien de los demás.

Samuel fue portador de la palabra en un momento de crisis de su pueblo: la adaptación a una forma nueva de existencia. Era un hombre de Dios y su pueblo le reconoció como testigo. No buscó ni manipuló la palabra sino que la palabra le buscó a él y le encontró abierto, receptivo, vigilante. Por eso fue su mensajero.

Qué gran esperanza se despertaría entre nosotros sí, dejándonos guiar por la Palabra, encarnásemos y transmitiéramos la fuerza de Dios, que invitara a todos a que cambiasen las cosas que están mal. Cristo nos sale al encuentro, pero no se nos impone. Nos deja seguirle y cuando le preguntamos dónde vives, responde claramente: ¡Venid y lo veréis!

No se puede hablar sólo de oídas, hay que experimentar, echarse al agua y mojarse, ponerse en camino, ver y gustar y entonces decidir si me quedo, me comprometo o me doy media vuelta y me marcho.

Necesitamos para ello la mediación de quien como Juan Bautista es capaz de señalarnos el Cordero que quita el pecado, nos da la vida y nos libera de todo tipo de opresión.

¡Es el Cordero de Dios!

Entonces nuestro trabajo consistirá, no en explotar al otro bajo ningún signo, como en tiempos de Pablo, sino en hacer el bien.  Por desgracia todavía hoy el hombre es explotado por el hombre. 

Somos templo de Dios. Su Espíritu habita en nosotros y por el bautismo estamos consagrados al Señor en el servicio fraternal a los hermanos.

Por eso, comerciar con el cuerpo es un doble pecado:

  1. Contra la dignidad humana.
  2. Contra la representación divina.

Esto vale para todo tipo de explotación humana.

Y ya no nos poseemos en propiedad, porque hemos sido comprados por Cristo, que se ha entregado hasta la muerte por todos nosotros. ¡Somos de Dios!

Por tanto, glorifiquemos a Dios también con nuestro cuerpo, respetándolo, cuidándolo, gastándolo en el servicio a la causa de Dios, que son los hermanos, especialmente los más pobres y necesitados.

El Señor te llama.

¿Puede contar contigo?

Lecturas del día

Primera lectura

Lectura del primer libro de Samuel 3, 3b-10. 19

En aquellos días, Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde se encontraba el Arca de Dios. Entonces el Señor llamó a Samuel. Este respondió:
«Aquí estoy».
Corrió adonde estaba Elí y dijo:
«Aquí estoy, porque me has llamado».
Respondió:
«No te he llamado. Vuelve a acostarte».
Fue y se acostó.
El Señor volvió a llamar a Samuel.
Se levantó Samuel, fue adonde estaba Elí y dijo:
«Aquí estoy, porque me has llamado».
Respondió:
«No te he llamado, hijo mío. Vuelve a acostarte».
Samuel no conocía aún al Señor, ni se le había manifestado todavía la palabra del Señor.
El Señor llamó a Samuel, por tercera vez. Se levantó, fue adonde estaba Elí y dijo:
«Aquí estoy, porque me has llamado».
Comprendió entonces Elí que era el Señor el que llamaba al joven. Y dijo a Samuel:
«Ve a acostarte. Y si te llama de nuevo, di: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”».
Samuel fue a acostarse en su sitio.
El Señor se presentó y llamó como las veces anteriores:
«Samuel, Samuel».
Respondió Samuel:
«Habla, que tu siervo escucha».
Samuel creció. El Señor estaba con él, y no dejó que se frustrara ninguna de sus palabras.

Salmo 39, 2 y 4ab. 1. 8-9. 10

R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Yo esperaba con ansia al Señor;
él se inclinó y escuchó mi grito.
Me puso en la boca un cántico nuevo,
un himno a nuestro Dios. R/.

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios;
entonces yo digo: «Aquí estoy». R/.

«-Como está escrito en mi libro-
para hacer tu voluntad.
Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas». R/.

He proclamado tu salvación
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios, Señor, tú lo sabes. R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 6, 13c-15a. 17-20

Hermanos:
El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor; y el Señor, para el cuerpo. Y Dios resucitó al Señor y nos resucitará también a nosotros con su poder.
¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? El que se une al Señor es un espíritu con él.
Huid de la inmoralidad. Cualquier pecado que corneta el hombre queda fuera de su cuerpo. Pero el que fornica peca contra su propio cuerpo. ¿Acaso no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que habita en vosotros y habéis recibido de Dios?
Y no os pertenecéis, pues habéis sido comprados a buen precio. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 35-42

En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice:
«Este es el Cordero de Dios».
Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta:
«Qué buscáis?».
Ellos le contestaron:
«Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?».
Él les dijo:
«Venid y veréis».
Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; era como la hora décima.
Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice:
«Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)».
Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo:
«Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce: Pedro)».

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