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V Domingo de Cuaresma

Icono Homilias

Una constante de Dios que se relaciona con el pueblo es darle confianza para que despegue y se ponga en camino hacia el mundo nuevo, un mundo de justicia, de paz y de amor.

Se vale de muchas formas y personas pero desde el principio hace con nosotros un pacto, una alianza: “Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo”. Es el empeño del Padre que preocupado por sus hijos les quiere inspirar confianza, seguridad y ánimo para que desde su libertad elijamos el camino de la vida sin riesgo, de equivocarnos y perdernos.

Como no acabamos de responder bien y siempre se rompe la alianza por el mismo sitio, el Señor nos propone, por medio Jeremías, una alianza nueva y lo hace así: “Meteré, dice, mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo “.

Esto significa que todos conoceremos el bien que debemos realizar y el mal que debemos rechazar pues en nuestro interior, por medio de nuestra conciencia, sin necesidad de excesivos legalismos, conoceremos el proyecto de Dios, que es un pueblo unido, en paz, fiel y feliz. De esta forma la alianza nueva es perdón, conversión y pueblo de Dios, pueblo de hijos y hermanos, con un nuevo impulso de Dios en nosotros.

Pero la alianza se sigue rompiendo a pesar de tanto cuidado de Dios y quiso que se renovara, de una vez por todas, en la persona de su Hijo, Jesús, el Cristo de nuestra fe. Hijo de Dios, pero hombre como nosotros, en todo iguales, excepto en el pecado; que se entregó por todos y que sometido a la muerte, pero que Dios resucitó, nos ha reconciliado con el Padre. En su sangre hemos lavado nuestras túnicas y todos por Él estamos salvados.

Es la Alianza nueva y eterna y por tanto perenne, accesible para todos y causa de vida para cuantos nos pongamos en su camino. Es una Alianza que surte ese efecto en la vida, aunque tengamos que pasar por la muerte.

“Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto”.

Así será nuestra vida: quien vive para sí, se pierde; pero el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guarda para la vida eterna. Puedo morir y de hecho moriremos, pero es muy distinto morir seco, sin fruto, que danto vida a todos y especialmente a los nuestros, cercanos y a quienes podamos y debamos acercarnos.

La Alianza es una actitud de servicio a Cristo y su Evangelio, que supone seguirle por los derroteros de actitudes de vida que Él tuvo y que aunque como Él corramos el riesgo de perder la vida, la tenemos garantizada en el Reino de los cielos.

El dolor, la aflicción, la prueba, la poda y hasta la muerte forman parte de nuestra condición natural; también Jesús pasó por ello, pero si mantenemos nuestra confianza en el Padre, que se ha comprometido con nosotros con una alianza eterna, no nos abandonará sino que nos recompensará dando respuesta a nuestras aspiraciones más profundas, como son la vida y la Vida con mayúscula.


LECTURAS DEL DÍA

Primera lectura
Lectura del libro de Jeremías 31, 31-34


«Ya llegan días —oráculo del Señor— en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva. No será una alianza como la que hice con sus padres, cuando los tomé de la mano para sacarlos de Egipto, pues quebrantaron mi alianza, aunque yo era su Señor —oráculo del Señor—
Esta será la alianza que haré con ellos después de aquellos días —oráculo del Señor—: Pondré mi ley en su interior y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Ya no tendrán que enseñarse unos a otros diciendo:
«Conoced al Señor», pues todos me conocerán, desde el más pequeño al mayor —oráculo del Señor—, cuando perdone su culpa y no recuerde ya sus pecados.

Salmo 50, 3-4. 12-13. 14-15
R. Oh, Dios, crea en mí un corazón puro.

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. R/.

Oh, Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme.
No me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. R/.

Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso.
Enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti. R/.

Segunda lectura
Lectura de la carta a los Hebreos 5, 7-9

Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial.
Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna.

Evangelio del día
Lectura del santo evangelio según san Juan 12, 20-33

En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos; estos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban:
«Señor, queremos ver a Jesús».
Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús.
Jesús les contestó:
«Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará.
Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero si por esto he venido, para esta hora: Padre, glorifica tu nombre».
Entonces vino una voz del cielo:
«Lo he glorificado y volveré a glorificarlo».
La gente que estaba allí y lo oyó, decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel.
Jesús tomó la palabra y dijo:
«Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí».
Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.

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