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III Domingo de Pascua

Icono Homilias

Contaban los discípulos de Emaús lo que les había pasado cuando iban de camino. Cómo Jesús se hizo presente y cómo le reconocieron al partir el pan.

Mientras hablaban, Jesús se hizo presente: presente en la Palabra, presente en el caminar de la vida, presente en medio de ellos, presente en el partir el Pan, presente en la Eucaristía.

¡Presente! Pero, unos muertos de miedo por la sorpresa, otros alarmados por el hecho en sí y algunos, como Tomás, que necesitan comprobarlo por el único camino que admiten, el camino de los sentidos.

Sin embargo, la verdad es más amplia de lo que abarcan los sentidos y podemos alcanzarla desde el mundo de la fe y experimentar su contenido cuando nos abrimos  a la realidad del mundo espiritual.

¡Creían ver un fantasma! ¿Qué es un fantasma?, ¿no es más irreal?

Se llenaron de miedo y es que hay que ser muy valientes para aceptar que somos más que fisiología, sentidos y terrenales. La vida es mucho más rica y el hombre posee esa vida que le emparenta con Dios, Señor de la Vida, y con su Hijo Jesucristo, vencedor de la muerte y por tanto Señor de la Vida y dador de esa vida a todos los que queremos seguir su camino.

Jesús les solicita comer y le dan un pescado, (isjios) anagrama de Cristo. Por tanto, Cristo es la comida. Les invita a palparle como certeza sensorial y, a la vez, complementaria de la certeza de fe.

La ilustración de su mente por medio de la Palabra, la catequesis, la evangelización, hará después el trabajo completo. Su entendimiento se abrió para comprender lo anunciado y concluyó lo que Dios espera de todos nosotros: el perdón de nuestros pecados y la evangelización, con nuestro testimonio, de todos los pueblos.

Conclusión.

La fe es un encuentro con Cristo que se produce y se desarrolla en el camino de la vida ordinaria. El camino andado con espíritu de fe es una escuela perenne. En el camino surge la noticia de lo que pasa, de cómo es la vida misma y, mientras vamos andando y viviendo, hay tiempo para reflexionar e interpretar esa noticia, para meditarla y hasta para transmitirla. ¡Ojala que con fidelidad!

El Señor está en el camino de la historia humana para ayudarnos a hacer de nuestros pasos una historia de salvación. Para ello, como Pedro, hay que ser valientes, levantar la voz y a quienes quieran oír dar testimonio de la verdad de Dios: ¡que Jesús de Nazaret, hombre justo que pasó haciendo el bien, fue condenado a muerte y Dios lo resucitó para justificarnos a todos!

La predicación de Pedro causa admiración, sin embargo Pedro da un golpe en seco al peligro del triunfalismo recordando a la gente su complicidad en la muerte de Jesús.

Todos somos responsables de su muerte. Por eso, termina invitándonos al arrepentimiento, la conversión para el perdón  y a ser testigos de ese hecho ante el mundo entero.

Pero no basta la confesión verbal de la fe, es necesaria la praxis de esa fe y para ello urge cumplir la Palabra del Señor:

¡Amad al prójimo como a uno mismo!

 


LECTURAS DEL DÍA

Primera lectura

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 3, 13-15. 17-19

En aquellos días, Pedro dijo a la gente:
El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que vosotros entregasteis y rechazasteis ante Pilato, cuando había decidido soltarlo. Vosotros renegasteis del Santo y del justo, y pedisteis el indulto de un asesino; matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello.Ahora bien, hermanos, sé que lo hicisteis por ignorancia, al igual que vuestras autoridades; pero Dios cumplió de esta manera lo que había predicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer. Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados.

Salmo 4,2. 4. 7. 9

R. Haz brillar sobre nosotros, Señor, la luz de tu rostro.

Escúchame cuando te invoco,
Dios de mi justicia; tú que en el aprieto me diste anchura,
ten piedad de mí
y escucha mi oración. R.

Sabedlo: el Señor hizo milagros en mi favor,
y el Señor me escuchará cuando lo invoque.

Hay muchos que dicen:
«¿Quién nos hará ver la dicha,
si la luz de tu rostro ha huido de nosotros?» R.

En paz me acuesto y en seguida me duermo,
porque tú solo, Señor,
me haces vivir tranquilo. R.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del Apóstol San Juan 2, 1-5a

Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero. En esto sabemos que lo conocemos: en que guardamos sus mandamientos. Quien dice: «Yo lo conozco», y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él. Pero quien guarda su palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud.

Evangelio del día

Lectura del santo Evangelio según San Lucas 24, 35-48

En aquel tiempo, los discípulos de Jesús contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dice:
«Paz a vosotros».

Pero ellos, aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu. Y él les dijo:

«¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo». Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo:

«¿Tenéis ahí algo de comer?»

Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo:

«Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí». Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y les dijo:

«Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto».

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