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Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario – 2021

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Tanto el Profeta Daniel como el Evangelio de San Marcos, en el capítulo de este domingo, están usando un lenguaje apocalíptico. Se refieren a los últimos tiempos todavía no vividos y, por tanto, descritos a la luz de lo poco dicho al respecto en la Sagrada Escritura y debidos a la imaginación del autor que lo describe.

En la época del profeta Daniel, Antíoco IV era el enemigo de Dios. Los justos sufrían su persecución y en medio de este dolor nace un grito de esperanza porque Dios está con ellos. De este modo, aunque pierdan la vida derrotados por el enemigo, Dios les salva y les concede la vida para siempre.

Este reino que está más allá de la muerte es diferente a los reinos de la tierra y la vida de los santos es una vida transfigurada.

Lo que triunfa es el amor y la esperanza, más allá de toda prueba. El amor exige eternidad y los que dan su sangre muriendo por amor a Dios están abiertos a la esperanza de una vida eterna.

Esta esperanza, según nos recuerda el evangelio de Marcos, debe estar penetrada de vigilancia porque esta consumación se ira realizando de un modo imprevisto. Esta cautela impone vivir alejado del pecado, realizando obras buenas. La consumación o vuelta del Señor se da para cada uno a la hora de su muerte, culminación de su temporalidad.

La Palabra de Dios se cumplirá. El cataclismo del mundo que nos presenta Daniel y Marcos en el Evangelio es sobre todo una figura del plan salvador de Dios entre los elegidos: El mal será destruido y los hombres serán inscritos en el libro de la vida. “El Señor es el lote de mi heredad, mi suerte está en su mano “(Salmo 15).

Por último, en la segunda lectura de la carta a los Hebreos, se nos da la argumentación de la absoluta y definitiva salvación del sacrificio de Cristo. Los sacerdotes antiguos repetían una y otra vez los mismos sacrificios porque éstos no quitaban el pecado, sin embargo Cristo habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio se entregó totalmente para el perdón del pecado del mundo.

Cristo se entregó y está sentado a la derecha del Padre, y espera el tiempo que falta hasta que se vaya realizando la destrucción de todos sus enemigos, hasta el último de todos que es la muerte, causa del pecado.

De esta forma, con un único sacrificio Cristo borra el pecado y nos garantiza la vida para siempre. La Eucaristía es el memorial de ese sacrificio y ofrenda de Cristo en el tiempo y por él se va realizando nuestra salvación si nos dejamos limpiar nuestros pecados.

Estamos entrando en los últimos tiempos litúrgicos haciendo referencia al final del tiempo, en la esperanza de aprovechar las oportunidades que Dios nos concede:

  • Oportunidad de cada Eucaristía para el perdón.
  • Oportunidad de preparación para el final de nuestro tiempo donde esperamos el perdón total y la vida para siempre.

Es el tiempo de nuestra historia y debemos aprovecharnos de las oportunidades sacramentales que Dios nos concede, en el ministerio de la Iglesia, en la espera del tiempo final, llamada del Padre al encuentro con Él en la gloria para siempre.

Es el fin de etapas y tiempos para aprovechar y prepararnos a tiempos nuevos, mientras nos llega el final definitivo para participar en el Reino del Padre. Nuestro tiempo y la historia sujeta a ese tiempo es lineal. El tiempo pasado no vuelve, se nos acaba a cada uno y si perdemos la oportunidad que nos ofrece, lo perderemos. Dios es bueno y como Padre nos brinda oportunidades y oportunidades hasta dar el fruto conveniente y recorrer el final de nuestro caminar en nuestro tiempo e historia.

Aprovechemos la ocasión de este final para recapacitar como va siendo nuestro caminar, consiguiendo la oportunidad del perdón que la Iglesia nos ofrece a través del ministerio concedido por Cristo.

Lecturas del día.

Primera lectura
Lectura del Profeta Daniel 12, 1-3

Por aquel tiempo se levantará Miguel, el gran príncipe que se ocupa de los hijos de tu pueblo; serán tiempos difíciles como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora. Entonces se salvará tu pueblo: todos los que se encuentran inscritos en el libro.
Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra despertarán: unos para vida eterna, otros para vergüenza e ignominia perpetua.
Los sabios brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a muchos la justicia, como las estrellas, por toda la eternidad.

Salmo 15, 5 y 8. 9-10. 11
R: Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

El Señor es el lote de mi heredad y mi copa;
mi suerte está en tu mano.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré. R/.

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa esperanzada.
Porque no me abandonarás en la región de los muertos
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. R/.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha. R/.

Segunda lectura
Lectura de la carta a los Hebreos 10, 11-14. 18

Todo sacerdote ejerce su ministerio diariamente ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, porque de ningún modo pueden borrar los pecados.
Pero Cristo, después de haber ofrecido por los pecados un único sacrificio, está sentado para siempre jamás a la derecha de Dios y espera el tiempo que falta hasta que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies.
Con una sola ofrenda ha perfeccionado definitivamente a los que van siendo santificados.
Ahora bien, donde hay perdón, no hay ya ofrenda por los pecados.

Evangelio del día
Lectura del santo Evangelio según San Marcos 13, 24-32

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«En aquellos días, después de la gran angustia, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán.
Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y gloria; enviará a los ángeles y reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.
Aprended de esta parábola de la higuera: cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis vosotros que esto sucede, sabed que él está cerca, a la puerta. En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. En cuanto al día y la hora, nadie lo conoce, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, solo el Padre».

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