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Domingo XXXI del Tiempo Ordinario – 2021

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El amor es la facultad interior del hombre que más le realiza. El amor nos serena, nos pacifica, nos alegra, nos engrandece y nos llena de fuerza.

Además, el amor enriquece al otro, le construye, le da sentido a la vida y le favorece hasta el grado de realizarse a sí mismo y dar vida a otros y, es que el amor hace la vida distinta, posibilita construir el mundo sobre cimientos tan agradables que le hacen un mundo nuevo, renovado, digno de vivir en él, con sentido tan profundo y querido, que nos favorece la vida y la multiplica.

Sobre todo, el amor es la correspondencia al amor que Dios nos tiene expresado en la creación, en la redención y en el mundo nuevo que constantemente nos ofrece, aunque constantemente nos empeñemos en destruirlo.
Y es que “Dios es Amor” (Primera carta de San Juan).

Amar, por tanto, es ser proyección de Dios para los demás y es habitáculo donde Dios habita para cada uno. Amar es lo más grande que el hombre puede realizar y es secundar el proyecto de Dios en nosotros, a la vez que es el camino de toda nuestra verdadera realización.

Así, en el libro del Deuteronomio se nos recuerda cómo Israel fue engendrado en el espíritu del amor; amor a Dios y amor a los demás. De este modo en el versículo 4 comienza una oración llamada “shemá”, por la palabra de su inicio “¡Escucha!”, que se recitaba dos veces al día en el templo y en la sinagoga, ya en los tiempos de Cristo.

También se repite en (Marcos 12,29). Es una confesión de fe, destinada a tomar consigo el proyecto del Reino de Dios que es amor y se expresa en el cumplimiento de los Mandamientos. El amor a Dios del pueblo de Israel junto con la idea del amor de Dios a su pueblo es uno de los cometidos del libro del Deuteronomio.

A continuación de la Primera lectura, el salmo 17 es el himno de un rey victorioso que da gracias a Dios porque le ha salvado del peligro y le lleva a expresar su gratitud con amor.

La Segunda lectura, la carta a los Hebreos expone la doctrina central de la vida con amor que le lleva al hombre a ponerse como ofrenda dando vida al otro y a todos por amor y con amor.

La auto-oblación de una vez para siempre dando vida a todos, es el gesto de Jesús, del cual todos nos beneficiamos y aprendemos si es que queremos ser seguidores suyos.

Jesús une estrechamente el amor al prójimo con el amor a Dios. Esta unión no se ve tan claro en el Antiguo Testamento, pero el Nuevo Testamento presenta esta unión como la síntesis de todo el Decálogo. Así Pablo entiende que “el amor al prójimo es el cumplimiento de la Ley. (Romanos 13,18-10; Gálatas 5,14)

San Agustín lo concreta diciendo “ama y haz lo que quieras”.
En Jesús el amor al prójimo implica hasta el amor al enemigo y es el centro del culto espiritual que se nos invita a vivir como cristianos. Este culto está fundado en la presencia del Espíritu (Lucas 4,23); en el sacrificio de Cristo (Mateo 10,45) que hace de todos los hombres una comunión en el amor y que se expresa y revivimos en los signos sacramentales. Este culto espiritual prevalece sobre todo culto ritual, contenido del mandamiento nuevo del amor:
¡Cómo Dios nos ama!
¡Cómo Cristo nos amó, hasta dar la vida por todos!
¡Cómo a nosotros mismos!: “Amaos los unos a los otros como Yo os he amado”
¡Dándonos Luz!
¡Fortaleciéndonos!
¡Ayudándonos a caminar!
¡Perdonándonos!
¡Sanándonos!
¡Dándonos vida, y aquí y ahora y garantizándonos la vida para siempre!

Lecturas del día.

Primera lectura
Lectura del Libro del Deuteronomio 6, 2-6

Moisés habló al pueblo diciendo:
«Teme al Señor, tu Dios, tú, tus hijos y nietos, y observa todos sus mandatos y preceptos, que yo te mando, todos los días de tu vida, a fin de que se prolonguen tus días. Escucha, pues, Israel, y esmérate en practicarlos, a fin de que te vaya bien y te multipliques, como te prometió el Señor, Dios de tus padres, en la tierra que mana leche y miel.
Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.
Estas palabras que yo te mando hoy estarán en tu corazón».

Salmo 17, 2-3a. 3bc-4. 47 y 51ab
R: Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza.

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;
Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. R/.

Dios mío, peña mía, refugio mío,
escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoco al Señor de mi alabanza
y quedo libre de mis enemigos. R/.

Viva el Señor, bendita sea mi Roca,
sea ensalzado mi Dios y Salvador:
Tú diste gran victoria a tu rey,
tuviste misericordia de tu ungido. R/.

Segunda lectura
Lectura de la carta a los Hebreos 7, 23-28

Hermanos:
Ha habido multitud de sacerdotes de la anterior Alianza, porque la muerte les impedía permanecer; en cambio, Jesús, como permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa. De ahí que puede salvar definitivamente a los que se acercan a Dios por medio de él, pues vive siempre para interceder a favor de ellos.
Y tal convenía que fuese nuestro sumo sacerdote: santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y encumbrado sobre el cielo.
Él no necesita ofrecer sacrificios cada día como los sumos sacerdotes, que ofrecían primero por los propios pecados, después por los del pueblo, porque lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo.
En efecto, la ley hace sumos sacerdotes a hombres llenos de debilidades. En cambio, la palabra del juramento, posterior a la ley, consagra al Hijo, perfecto para siempre.

Evangelio del día
Lectura del santo Evangelio según San Marcos 12, 28b-34

En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó:
«¿Qué mandamiento es el primero de todos?».
Respondió Jesús:
«El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que estos».
El escriba replicó:
«Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios».
Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo:
«No estás lejos del reino de Dios».
Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

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