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III Domingo de Cuaresma

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DA DE BEBER A LA MUJER SAMARITANA.

Hoy los hombres tenemos muchos recursos para evadirnos de los que verdaderamente importa; y entretenidos en mil cosas que no conducen a ningún sitio, se nos va pasando la vida.

Nuestros mecanismos de defensa, nos hacen detenernos en cuestiones periféricas; nos enzarzamos en problemas de poca importancia y entablamos discusiones con cuestiones que no teniendo importancia, a veces nos llevan a enfrentarnos.

Pero las cuestiones fundamentales no las afrontamos.

La religión y el culto han sido siempre una de las grandes ocasiones, encontradas por el hombre, para encubrir la falta de seriedad y profundidad que tenemos ante la vida.

A veces, bajo prácticas pseudo-religiosas y culturales, amparamos el egoísmo, la opresión, el abuso, la explotación y hasta la falta de responsabilidad social.

Así, en el Evangelio, a la mujer samaritana, entretenida en donde dar culto, si en Jerusalén o en el Gerizim, disimula y no afronta la realidad de su vida: “ha tenido siete maridos y con el que vive, no es el suyo”. Y disimulando, desvía la conversación.

Es un modo de engañarse; y entender así, el culto religioso, es alienante.

Para muchos hombres, los verdaderos problemas quedan relegados y ponemos nuestro interés en tradiciones vacías de contenido, que entretienen, expresan sí, buena voluntad, pero están carentes de sentido para la vida del hombre y los pueblos.

Así discutimos sobre el progresismo o el integrismo; si es costumbre o siempre lo pretende renovar; sobre si es más o menos legítimo, olvidándonos que el culto verdadero no está en las formas, sino en la vida.

El culto debe reflejar las actitudes evangélicas ante la vida y las situaciones humanas, de lo contrario será un culto falso y vacío.

Jesús de Nazaret aboga por la destrucción de toda liturgia farisaica y establece un culto de espíritu y verdad.

Así, según el criterio evangélico, la religión verdadera consiste en establecer condiciones justas para poder realizar la fraternidad; en conquistar la libertad para todos; en optar preferencialmente por los más pobres y débiles; en tomar en serio, la comunión con los demás y en desarrollar las posibilidades de la persona humana.

El pueblo de Dios liberado, siempre encontrará dificultades; pero nunca faltan señales que nos orientan hacia Dios, v.g. el agua que calma nuestra sed, pero sin saciarnos del todo, ya que nuestra sed es de infinitud, de Dios, que se nos va dando y acompañando progresivamente.

El culto verdadero está, por tanto, en confiar en Dios, a pesar de las pruebas del desierto de la vida.

Jesús tiene un alimento que nos hace entrar en comunión con Dios: “Su comida es hacer la voluntad del que le envió”.

Cada vez que en la vida diaria obedecemos la palabra del Padre, es como si celebráramos la liturgia de sentarnos a la mesa con Él y celebrar juntos la comunión de la vida; de forma que nos ocurra como a los samaritanos que creyeron, no tanto por la mediación de lo que decía la mujer, sino que ellos mismos lo oyeron y supieron que Él es de verdad, el Salvador del mundo.
El culto en espíritu y en verdad que cambia nuestra vida y beneficia la vida de los demás, es lo que realmente agrada a Dios.

La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros pecadores, murió por todos; la prueba de que somos de Dios, es que vivimos y luchamos en favor de los hermanos.


LECTURAS DEL DÍA

Primera lectura

Lectura del libro del Éxodo (17,3-7):

En aquellos días, el pueblo, torturado por la sed, murmuró contra Moisés: «¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?» 
Clamó Moisés al Señor y dijo: «¿Qué puedo hacer con este pueblo? Poco falta para que me apedreen.»
Respondió el Señor a Moisés. «Preséntate al pueblo llevando contigo algunos de los ancianos de Israel; lleva también en tu mano el cayado con que golpeaste el río, y vete, que allí estaré yo ante ti, sobre la peña, en Horeb; golpearás la peña, y saldrá de ella agua para que beba el pueblo.» 
Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel. Y puso por nombre a aquel lugar Masá y Meribá, por la reyerta de los hijos Israel y porque habían tentado al Señor, diciendo: «¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 94,1-2.6-7.8-9

R/.
Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: 
«No endurezcáis vuestro corazón.»

Venid, aclamemos al Señor, 
demos vítores a la Roca que nos salva; 
entremos a su presencia dándole gracias, 
aclamándolo con cantos. R/.

Entrad, postrémonos por tierra, 
bendiciendo al Señor, creador nuestro. 
Porque él es nuestro Dios, 
y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía. R/.

Ojalá escuchéis hoy su voz: 
«No endurezcáis el corazón como en Meribá, 
como el día de Masá en el desierto; 
cuando vuestros padres me pusieron a prueba 
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.» R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (5,1-2.5-8):

Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos: y nos gloriamos, apoyados en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios. Y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. En efecto, cuando nosotros todavía estábamos sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros.

Palabra de Dios

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (4,5-42):

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía. 
Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber.» Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. 
La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» Porque los judíos no se tratan con los samaritanos. 
Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva.» 
La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?»
Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.» 
La mujer le dice: «Señor, dame de esa agua así no tendré más sed ni tendré que venir aquí a sacarla.»
Él le dice: «Anda, llama a tu marido y vuelve.» 
La mujer le contesta: «No tengo marido». 
Jesús le dice: «Tienes razón que no tienes marido; has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad.»
La mujer le dijo: «Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén.» 
Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad.» 
La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo.» 
Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo.» 
En aquel pueblo muchos creyeron en él. Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.»

Palabra del Señor

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