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Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario

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“No quedemos paralizados por temor al riesgo y vayamos donde se recrea la vida”

La sensación de crisis que padece la humanidad está entrando de lleno en nuestra sociedad con motivo del COVID-19, que nos tiene a todos alterados. Nunca lo hubiéramos imaginado, pero somos conscientes de cómo se desmoronan antiguas formas de vida, hasta ideologías que parecían firmes están en crisis y los viejos esquemas de comportamiento dejan de ser normativos.

La crisis se ha generalizado y es el mundo el que lucha contra un enemigo con el que no contábamos. Son miles de muertos, muchísimos más los enfermos, familias enteras sufriendo y hasta una economía en decadencia que está generando más paro, más provisionalidad en todo. Hasta la vida, más que nunca, cualquiera la tenemos amenazada.

La Iglesia también está en crisis, como no podía ser de otra manera, ya que está en este mundo y participa de todos sus avatares. En ella hay profundos cambios pero, junto al orden amenazado, se vislumbran esperanzas que a través de señales de renovación y de cambio dan razón del cumplimiento de la Palabra de Dios, principal causa de nuestra esperanza.

El horizonte de esta esperanza se concreta en el cumplimiento de las promesas de Dios que son el fin y la meta de la historia. Por eso, los cristianos vivimos la espera del Señor que vino, está viniendo cada día y vendrá al final, fiados de su Palabra.

Más que del fin del mundo, los evangelios nos hablan del fin de un mundo que cambia, progresa y aspira a la plenitud y que descubriremos en el encuentro con Cristo en el Reino del Padre.

Hoy y ahora sucede ya, contemplamos el fin de lo viejo y el resurgir de lo nuevo, aunque todavía no en su plenitud. Es el ya de cada día de Dios que actúa y se nos da por su Hijo, pero el todavía no plenamente.

El mundo viejo del desconocimiento de Dios, del sin sentido de la vida del hombre, de no tener el camino claro a seguir, de las dudas que disipan nuestras certezas y la vieja vida que se nos ofrece;  todo ello ha sido crucificado con Cristo y en su Resurrección todos hemos resurgido al mundo nuevo, transformándonos en hombres resucitados capaces de no dejarse poder ni siquiera por un virus que nos puede quitar la vida, pues la Palabra de Dios va más allá, garantizándonos la Vida plena y feliz para siempre.

Y esto no es adormidera para auto engañarnos cuando no podemos con el enemigo sino fuerza para envalentonarnos contra él y responsablemente luchar para vencerlo. Este es el diseño que el libro del Levítico nos hace de lo que es ser un hombre o una mujer nuevos, teniendo en cuenta las circunstancias de la época y su mentalidad. 

Exige la Palabra de Dios, de Pablo a los cristianos de la ciudad de Tesalónica, no seguridades falsas sino actitud de apertura a lo nuevo y sorprendente, si está dado en la Palabra.

Para lograrlo sale Jesús un día más al paso de nuestra vida para invitarnos a conseguir que solo será posible si nos mantenemos vigilantes, en vela, bien despiertos en la espera del Maestro que vino y nos habló, que viene cada día y nos habla y ha prometido que volverá y se cumplirá plenamente su Palabra.

Lecturas del día.

Primera lectura

Lectura del libro de los Proverbios 31, 10-13. 19-20. 30-31

Una mujer fuerte, ¿quién la hallará?
Supera en valor a las perlas.
Su marido se fía de ella,
pues no le faltan riquezas.
Le trae ganancias, no pérdidas,
todos los días de su vida.
Busca la lana y el lino
y los trabaja con la destreza de sus manos.
Aplica sus manos al huso,
con sus dedos sostiene la rueca.
Abre sus manos al necesitado
y tiende sus brazos al pobre.
Engañosa es la gracia, fugaz la hermosura;
la que teme al Señor merece alabanza.
Cantadle por el éxito de su trabajo,
que sus obras la alaben en público.

Salmo 127, 1-2. 3. 4-5

R/. Dichoso el que teme al Señor.

Dichoso el que teme al Señor
y sigue sus caminos.
Comerás del fruto de tu trabajo,
serás dichoso, te irá bien. R/.

Tu mujer, como parra fecunda,
en medio de tu casa;
tus hijos, como renuevos de olivo,
alrededor de tu mesa. R/.

Esta es la bendición del hombre
que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sion,
que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida. R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 5, 1-6

En lo referente al tiempo y a las circunstancias, hermanos, no necesitáis que os escriba, pues vosotros sabéis perfectamente que el Día del Señor llegará como un ladrón en la noche. Cuando estén diciendo: «paz y seguridad», entonces, de improviso, les sobrevendrá la ruina, como los dolores de parto a la que está encinta, y no podrán escapar.
Pero vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas, de forma que ese día os sorprenda como un ladrón; porque todos sois hijos de la luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas.
Así, pues, no nos entreguemos al sueño como los demás, sino estemos en vela y vivamos sobriamente.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo 25, 14-30

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
«Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus siervos y los dejó al cargo de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó.
El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos.
En cambio, el que recibió uno fue a hacer un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor.
Al cabo de mucho tiempo viene el señor de aquellos siervos y se pone a ajustar las cuentas con ellos.
Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo:
“Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco”.
Su señor le dijo:
“Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”.
Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo:
“Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos”.
Su señor le dijo:
“Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”.
Se acercó también el que había recibido un talento y dijo:
“Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo”.
El señor le respondió:
“Eres un siervo negligente y holgazán. ¿Conque sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese siervo inútil echadlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes”».

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