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Domingo XXXII del Tiempo Ordinario

Icono Homilias

“Estemos vigilantes para no quedarnos dormidos ni perder la cabeza”.

La mejor forma de esperar la venida de Cristo no reside en cruzarse de brazos pasivamente ni tampoco en entregarnos a los quehaceres del mundo hasta el grado de olvidarnos, sino que reside en ejercer activamente el mandamiento del amor.

Este mandamiento nuevo y único ha de realizarse hoy en el mundo técnico, científico y de comunicación que nos ha tocado vivir, pero dirigido con un sentido profundamente humano para alcanzar a nivel personal y social las aspiraciones de plenitud y desarrollo que todos sentimos dentro. Es nuestra realización como hermanos que somos.

1- Acertar en esto es ser sabios, es alcanzar la sabiduría de la que nos hablan las Sagradas Escrituras. Esta sabiduría de Dios impregna a todo el universo y de alguna forma a la humanidad entera porque es fruto del Espíritu que bulle en nuestras vidas.

Acoger la sabiduría de Dios, descubrirla en lo más recóndito de la vida y aceptar sus orientaciones es una tarea que afecta y obliga a todos los cristianos. Es el sentido de nuestro quehacer cotidiano. Es el sentido que da razón a nuestro trabajo. Es la razón de nuestra existencia humana porque en definitiva es descubrir el proyecto de Dios en nuestras vidas y trabajar para llevarlo a término.

No se identifica la sabiduría de Dios con los saberes humanos. Es un don que reciben los vigilantes, los pobres, los sencillos y humildes, los que creen en la vida y esperan la resurrección.

Los sabios de la Biblia llegaron a personificar esa sabiduría para hablar por ella, de la cercanía de Dios con el hombre y de cómo el hombre puede llegar a descubrirla en el encuentro con Dios. Se concibe la sabiduría como mediadora y por ella se dice que Dios es accesible al encuentro, que está cerca, más cerca de lo que muchos piensan, pues está dentro de nosotros, que sale al encuentro de cualquiera en todos los caminos.

Alcanza la Sabiduría el que la persigue con afán y con amor. El que busca humildemente a Dios.

En la sabiduría está el verdadero saber, que da respuesta a todas nuestras aspiraciones.

2- Una aspiración común y la más valorada por todos es la resurrección personal y colectiva. No se trata sólo de una supervivencia individual sino de un mundo nuevo en el Reino de Dios.

Esta visión optimista de la fe, estimula para la lucha de cada día y para afrontar las dificultades y hasta la misma muerte que a todos nos tiene que llegar. Muerte que Jesús padeció como humano, pero que Dios resucitó abriéndonos los ojos de la fe, iluminando nuestra sabiduría y de esa forma comprender el destino final de todos los que le seguimos.

3- Esto no debe obnubilarnos ni dejarnos embaucar por una falsa mística que despoja a todo cristiano de la responsabilidad personal de vigilar activamente, realizando el bien hasta que se cumpla y llegue el momento de la venida segunda del Señor, Jesucristo.

Sensatez en nuestro ser creyente y no caer en la necedad de ser embaucados por la vida presente.


Lecturas del día.

Primera lectura

Lectura del libro de la Sabiduría 6, 12-16

Radiante e inmarcesible es la sabiduría,
la ven con facilidad los que la aman
y quienes la buscan la encuentran.
Se adelanta en manifestarse a los que la desean.
Quien madruga por ella no se cansa,
pues la encuentra sentada a su puerta.
Meditar sobre ella es prudencia consumada
y el que vela por ella pronto se ve libre de preocupaciones.
Pues ella misma va de un lado a otro
buscando a los que son dignos de ella;
los aborda benigna por los caminos
y les sale al encuentro en cada pensamiento.

Salmo 62, 2abc. 2d-4. 5-6. 7-8

R/ Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.

Oh, Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua. R/.

¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios. R/.

Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré como de enjundia y de manteca,
y mis labios te alabarán jubilosos. R/.

En el lecho me acuerdo de ti
y velando medito en ti,
porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo. R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 4, 13-18

No queremos que ignoréis, hermanos, la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los que no tienen esperanza.
Pues si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual modo Dios llevará con él, por medio de Jesús, a los que han muerto.
Esto es lo que os decimos apoyados en la palabra del Señor:
nosotros, los que quedemos hasta la venida del Señor, no precederemos a los que hayan muerto; pues el mismo Señor, a la voz del arcángel y al son de la trompeta divina, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán en primer lugar; después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos llevados con ellos entre nubes al encuentro del Señor, por los aires.
Y así estaremos siempre con el Señor.
Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo 25, 1-13

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
«Se parecerá el reino de los cielos a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo.
Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes.
Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas.
El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.
A medianoche se oyó una voz:
“¡Qué llega el esposo, salid a su encuentro!”.
Entonces se despertaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas.
Y las necias dijeron a las prudentes:
“Dadnos de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas”.
Pero las prudentes contestaron:
“Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis”.
Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta.
Más tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo:
“Señor, señor, ábrenos”.
Pero él respondió:
“En verdad os digo que no os conozco”.
Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora».

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